El escocés Arthur Conan Doyle hizo nacer a Sherlock Holmes hace 160 años, según los estudiosos del detective por antonomasia de la literatura policial. Pero como los clásicos de la ficción no envejecen jamás -ni jamás mueren-, el personaje sigue siendo imbatible en el negocio de conocer lo que el resto desconoce (porque de eso iba su oficio). Agudo, obsesivo y sagaz, Holmes se mueve como una saeta entre los laberintos del misterio y del crimen, y nada complace más a su inteligencia que resolver los casos complejos que tensionan a la comunidad.
La criatura de Doyle fuma tabaco; es cocainómana y “workaholic”, y todo lo deduce a partir de detalles minúsculos. En su residencia londinense de Baker Street funciona un centro de comprensión lógica del universo que se nutre de la prensa (no en vano el dueño de casa colecciona notas y avisos curiosos) y de las historias que exponen clientes atribulados de las distintas capas sociales -porque, aunque parezca lo contrario, la tribulación no es patrimonio exclusivo de los menesterosos-. La ilustración, el racionalismo y el enciclopedismo convergen en Holmes, que por su parte añade un conocimiento fuera de serie de las grandezas y bajos fondos de la conducta humana.
Excéntrico y solitario, el detective maestro tiene en John Watson a su mejor amigo, compañero de aventuras, admirador y biógrafo. La dupla debate indicios; busca pruebas; construye hipótesis y confirma sospechas con un rigor y una efectividad que descoloca sistemáticamente a los agentes “aficionados” de Scotland Yard. “Holmes es la máquina de observación y razonamiento más perfecta que el mundo haya conocido”, describe Watson (y escribe Doyle). Pero ese cerebro singular sólo se limita a aplicar premisas básicas como “es un error garrafal teorizar sin información porque el paso siguiente será torcer los hechos para que estos se ajusten a las teorías” o como “no hay que dar nada por cierto hasta que la suposición pueda ser comprobada”. Su poder está en la cabeza; por eso Holmes sabe que no hay peor delito que el cometido por un ser inteligente y, sin embargo, que la vida es infinitamente más extraña que cualquier cosa que la mente del hombre pueda inventar.